HARDY KRUGER, La insólita historia del soldado de Hitler que triunfó en Hollywood junto a John Wayne.

Hace poco más de tres años, el actor Hardy Krüger (Berlín, 1928) declaraba: «Me criaron para amar a Hitler». Lo hacía en el diario alemán «Westdeutsche Zeitung» con motivo de la publicación de sus memorias, en las que contaba su vida en la década de los años 30 y 40 del siglo pasado, cuando era un niño y adolescente convencido de las bonanzas del Tercer Reich. «Mi padre celebró la llegada de Hitler al poder y, durante toda su vida, pensó que debía haber sido el salvador de la nación. Mi madre, al principio, también, pero después de la Segunda Guerra Mundial entendió que todo había salido mal y que me habían dado una educación equivocada. Se sentía culpable. Mi padre, sin embargo, siguió convencido de las bondades del nazismo y fue arrestado por los soviéticos. Murió en una campo de concentración y nunca pude hablar con él sobre el tema», explicaba. Antes de convertirse en el primer actor alemán en protagonizar películas en Londres, París, Sydney, Moscú, Estocolmo e, incluso, en Hollywood, Krüger tuvo un pasado oscuro. Fue un estudiante aplicado en las elitistas escuelas del Führer, así como miembro de las SS y soldado del Tercer Reich en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, cuando aquel régimen genocida agonizaba con millones de muertos a sus espaldas. Un pasado nazi que logró superar, a diferencia de muchos de sus compañeros de armas y superiores, hasta convertirse en un actor de renombre en la Europa de la posguerra y obtener su primer papel protagonista en Estados Unidos, nada menos que junto a John Wayne en la película «Hatari!» (1962). Hardy Krüger había nacido en la capital alemana el 12 de abril de 1928, cinco años antes de que Hitler ganara las elecciones y subiera al poder. Cuando cumplió los 13 fue reclutado por las Juventudes Hitlerianas, al igual que a otros muchos chicos de su edad. En esta organización juvenil en la que sus miembros ofrecían su alma al perverso dictador –seducidos u obligados–, y en la que acosaban, maltrataban, asesinaban y hasta denunciaban a sus propios vecinos a la Gestapo, permaneció la futura estrella de cine en sus primeros años de adolescencia. Y fue tan aplicado que, tanto sus maestros como los líderes estudiantiles, le escogieron para que se uniera a una de las prestigiosas «Escuelas de Hitler». Solo había 12 en todo el país y a él le tocó la de Baviera. «Eran centros políticos de educación para una selecta juventud alemana. Quien pasaba por ellas estaba políticamente marcado y se convertía en un luchador incondicional del nacionalsocialismo.

Fanaticamente convencido de su fe en la idea nazi, tenía que ser un ejemplo de la vida nacionalsocialista para todo el pueblo, un ancla firme para todas las figuras vacilantes, un enemigo de todos los parásitos del pueblo. El joven no se convierte en un beneficiario de una institución del movimiento, sino en su representante, en un portador de la idea implantada en él», explica el escritor y periodista alemán Guido Knopp, en su libro «Los niños de Hitler» (Salvat, 2001). Con estas escuelas, las Juventudes Hitlerianas anunciaron su intención de transformar el sistema educativo germano. Eran el paso previa para entrar en los Ordensburgen, las escuelas postsecundarias que tenían el objetivo de formar a los futuros líderes del partido nazi, a los que se entrenaba tanto en temas técnicos como en ideología nazi. Por eso los alumnos, tal y como le ocurrió a Krüger, debían someterse también a seis meses de entrenamiento laboral obligatorio y dos años en el ejército. Era increíblemente difícil entrar en dichas escuelas para recibir una completa y elitista educación nacionalsocialista, por lo que sus padres, grandes admiradores del Führer, lo consideraron un honor. Pero la suerte quiso que el director de cine Alfred Weidenmann diera con el joven Krüger detrás de las paredes grises de la escuela nazi de Baviera y que lo escogiera para uno de los papeles de la película «Joven águila». Ya había comenzado la Segunda Guerra Mundial y, sin planificarlo, nuestro protagonista se vio a los pocos días en un tren camino de Berlín para comenzar el rodaje. Era su primer papel. Weidenmann cogió cariño al muchacho, naciendo una amistad que duraría toda la vida.

El famoso director de cine alemán era un hombre de dos caras. Por un lado, era capaz de mostrar una sonrisa que iluminaba cualquier sala mientras hacía el saludo nazi absolutamente convencido y, por otro, daba refugio a cualquier judío que se encontrara en su camino para evitar que acabara en una cámara de gas o en un campo de concentración. De hecho, «Joven águila» fue una producción del Tercer Reich encargada directamente a Weidenmann, en la que, sin nombrar al Gobierno nazi, se inducía a la población más joven a que considerara trabajar en la fabricación de aviones a una edad temprana. Sea como fuere, si un largometraje de este calibre, en lo que a presupuesto y apoyos se refiere, se hubiera rodado en otra época o país, la carrera cinematográfica de Krüger, probablemente, habría despegado. «Aquellos años fueron dolorosos para mí, porque sufrí una fuerte transformación, porque conocí también al famoso actor Hans Söhnker, que tuvo el coraje de decirle a un estudiante de Adolf Hitler como yo que “el líder era un criminal”. A partir de ese momento estuve mucho tiempo preguntarme cosas como: “¿De verdad piensa eso?”. Porque se lo estaba diciendo a un chaval como yo, que tenía unos padres padres con un busto de Hitler en el piano, con maestros que lucían fotos de Hitler en las aulas y con educadores en el Ordensburg que le habían convencido de todo lo contrario», recordaba el actor en diciembre de 2016. Fue Söhnker quien también le abrió los ojos. «Por él, a los 15 años yo ya conocía la existencia de los campos de concentración de Bergen-Belsen y Dachau», añadía. Pero con todas esas cuestiones rondándole la cabeza, Krüger tuvo que volver a ser el buen estudiante de la escuela de cachorros del Führer que era al finalizar la película. Y, menos de un año después, cuando ya había comenzado lo que él llama «una doble vida», tuvo la mala suerte de ser reclutado para la Wehrmacht, el Ejército alemán. Fue incorporado a la 38ª División de los Granaderos de Nibelungen de las SS a principios de 1945. Se trataba de la última división que los nazis crearon en la Segunda Guerra Mundial, cuyo nombre hacía referencia a la pieza musical del poema medieval del «Anillo de los Nibelungos», compuesto por Richard Wagner en el siglo XIX. En los primeros días de abril, dicha división se incorporó a las batallas que los nazis mantenían con los estadounidenses en el Río Danubio. Krüger y las tropas de Hitler establecieron una línea de defensa de 20 kilómetros entre Kelheim y Vohlgurg que, poco después, tuvieron que alargar otros 15 kilómetros por la falta de refuerzos. Aquel despliegue fue una locura, pues dejó mucho terreno desprotegido y los aliados pudieron arrasar fácilmente con todo el territorio. Y a los germanos no les quedó otra opción que retirarse. «Tuve que situarme en la primera línea del frente y disparar a los estadounidenses, aunque siempre fallaba. Veía pasar una cara negra tras otra por delante del cañón de mi ametralladora, lo que me hizo pensar en Jesse Owens. Fue un momento muy difícil», rememora el act A partir del 1 de mayo de 1945, cuando quedaban cuatro meses para que finalizara la guerra, Krüger formó parte del contingente que se enfrentó a los norteamericanos. El Ejército nazi sufrió un número elevado de bajas. El joven actor se encontraba entre los pocos supervivientes que quedaron cuando el nuevo Jefe del Estado, el almirante Karl Doenitz, ordenó el alto el fuego y la rendición. Nuestro protagonista se entregó y, con el resto de sus compañeros, fue hecho prisionero. Algunas biografías cuentan que, durante su cautiverio, intentó escapar tres veces y que lo consiguió en la última, poco antes del final del conflicto. Y otras fuentes dicen que fue liberado. En los tres años posteriores, se calcula que fueron expulsados de diversos países europeos entre 12 y 14 millones de alemanes. A lo ojos del mundo representaban el Estado que había traído la muerte, la destrucción y la ruina al resto del planeta, con un conflicto que le había costado la vida unos 60 millones de personas, sin contar el genocidio judío que perpetraron en los campos de concentración. El odio llegó a tal punto que nadie quería ver en sus películas a actores germanos, muchos de los cuales habían combatido al lado de Hitler. De hecho, tuvieron que pasar cuatro años después de la guerra para que Krüger volviera a actuar. Pero ya en 1949 participó en tres películas. En los siguientes diez años, hasta que fue descubierto por el empresario cinematográfico inglés Joseph Arthur Rank, rodó doce más, algunas de las cuales tuvieron su hueco en ABC, como a «Dos caras del destino», con Weidenmann de nuevo. Fue entonces cuando Rank le consiguió incluir en tres largometrajes británicos: «El único evadido» (1957), «Bachelor of Hearts» (1958) y «Cita a ciegas» (1959). En alguno, incluso, fue protagonista, pero en todos era presentado como un actor extranjero y no alemán. Hardy Krüger consiguió abrirse camino entre ese odio hacia lo alemán en la posguerra y acabó convirtiéndose en uno de los actores favoritos del viejo continente a pesar de su pasado nazi. Su pelo rubio y sus ojos azules le ayudaron finalmente a recibir ofertas para interpretar a soldados germanos, tan habituales en las películas bélicas de la época. Aquello le llevó a su primer papel en Estados Unidos, la mencionada película de «Hatari!» (1962). El filme contaba la historia de un cazador que recorre el mundo capturando animales para venderlos a los zoológicos, y que reúne a un equipo para marcharse a las llanuras de Tanganica (actual Tanzania) en busca de cebras y jirafas. Años más tarde, el actor aseguró que «odiaba el uniforme nazi». Durante el rodaje de «Un puente lejano» (1977), donde interpretaba a un general de Hitler, cuentan que se ponía una capa superior sobre su traje de las SS nada más acabar cada toma. «No quería recordar mi infancia en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial», comentó sobre la anécdota de este filme protagonizado por Sean Connery. A finales de los 70, la carrera de Krüger se encontraba en lo más alto. Había conseguido hacer una pequeña fortuna que le dio para comprarse una propiedad en las tierras de Tanzania, donde había rodado junto a Wayne. Allí construyó una casa para él y un hotel de bungalows, que mantuvo hasta 1978. En aquel año, una noticia del diario alemán «Nashua Telegraph» anunciaba que el actor se mudaba a Estados Unidos para continuar su carrera cinematográfica. Su fluidez con el alemán, el inglés y el francés era muy apreciada por los productores europeos y estadounidenses. Eso le ayudó a ser más selectivo con los guiones y participar en coproducciones internacionales de mejor calidad. Ganaba el dinero suficiente como para dedicarse a escribir e iniciar también su carrera como escritor, en la que ha publicado más de una docena de libros, además de sus memorias. A sus 91 años, Hardy Krüger es hoy considerado uno de los actores más importantes de la historia de Alemania, el único actor que, a excepción de la actriz Hildegard Knef, ha protagonizado una obra en Broadway. Su pasado como soldado de Hitler es una mancha que él siempre aborreció y que no fue tenida en cuenta por el público. Tanto es así que ha recibido varios premios en Alemania como intérprete, tales como la Legión de Honor en grado de Oficial, en 2001, y el Premio Bambi por su trayectoria profesional, en 2008.   


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